Editorial

Víctor M. Arjona. Pentecostés, el fuego del espíritu

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domingo, 28 de mayo de 2023 · 00:00

En el capítulo 19 del libro de los Hechos de los Apóstoles se relata que mientras el predicador Apolo estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones de más arriba, bajó a Egipto y habiéndose encontrado con algunos discípulos les preguntó: “¿Recibisteis, después de creer, el Espíritu Santo?”.

Hoy, como en tiempos de Pablo de Tarso, existen cristianos que no conocen todavía el poder del Espíritu Santo, poder sanador y santificador, cuyos frutos son para el hombre: paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad y amor.

Con motivo de la fiesta de Pentecostés recordamos que el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos explica que el día de Pentecostés, estando todos los discípulos reunidos, de pronto se oyó un gran ruido, como cuando sopla un viento fuerte que resonó por toda la casa donde se encontraban.

Hombres nuevos

Entonces, aparecieron como lenguas de fuego que se posaron sobre ellos y se llenaron todos del Espíritu Santo; comenzaron a hablar en lenguas, según el Espíritu les inducía a expresarse, y la transformación se realizó: de hombres temerosos el Espíritu Santo hizo hombres nuevos, llenos de ardor y valentía que anunciaban y proclamaban que Jesús es el Hijo de Dios y que la salvación solo está en Él.

Ya desde el Antiguo Testamento, a través de su profeta Ezequiel, Dios había prometido el don del Espíritu: “Derramaré mi Espíritu sobre mi linaje, mi bendición sobre cuanto de ti nazca”. “Yo les daré un nuevo corazón y pondré un espíritu nuevo, quitaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, infundiré mi Espíritu en vosotros y viviréis”.

Y la promesa comienza a realizarse en Belén, continúa en Nazaret y Galilea y culmina en Jerusalén, para que Jesús, el Cristo anunciado desde el Génesis, al ser glorificado en la resurrección, obtuviera del Padre el don del Espíritu Santo para todos los hombres, por quienes padeció y a quienes justificó y redimió. El misterio pascual ha renovado al hombre. El inmenso y eterno amor de Dios, su misericordia y fidelidad han abierto un nuevo horizonte de libertad y de gracia.

Testigos de la verdad

Todos necesitamos una mayor y creciente efusión del Espíritu para poder ser testigos de la verdad y obrar con santidad y justicia en todas las actividades de nuestra vida familiar, laboral, política y religiosa; Jesús conoce nuestra debilidades y flaquezas, comprende nuestros temores y sabe de nuestra naturaleza desordenada por el pecado. Por eso pedía al Padre que enviara otro Paráclito para estar con nosotros y así, nos mostrara toda la verdad y nos recordara todas las enseñanzas del Maestro.

El Espíritu Santo nos enseñará la verdad y la verdad nos hará libres porque el Espíritu de Dios es libertad y donde está el Espíritu ahí está la libertad.

Habita en nosotros

Cierto es que los cristianos hemos recibido el Espíritu Santo en nuestro Bautismo, pero muchos no sabemos que habita en nosotros y lo tenemos como apagado, casi extinguido.

En esta fiesta de Pentecostés pidamos al Señor nuestro Pentecostés personal para que, con su gracia y su poder, nos llene de su Espíritu y renueve en nosotros los prodigios de su amor y nos impulse a actuar, como lo hacia Jesús, a fin de que el poder de Dios nos dé intrepidez para proclamar su palabra y dar testimonio de su amor, de su justicia y de su paz.

Consejero del Organismo Promotor de Intuiciones para la Democracia (OPD) y presidente de Laicos Unidos para el Bien Común (LUBIC)

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